Al llegar Hernán Cortes al continente, relató una serie de cartas donde no solo explicaba las relaciones con los pueblos locales, maniobras militares batallas y eventos relacionados con la conquista del territorio, también, y esto le gusta repetirlo a los historiadores, Hernán Cortés se muestra sorprendido por la belleza, desarrollo y riqueza del valle del Anáhuac. Tanto es así que describe con detalle a los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl (incluso manda una expedición a explorarlos), la antigua laguna de agua dulce y agua salada, los grandes caseríos, así como los ropajes de los gobernantes.
Sin embargo, una de las descripciones más sobresalientes para todo quien guste de saber del pasado son los mercados y comercios de Tenochtitlán. En ellos describe la magnitud de estos centros de comercio, también la variedad de las mercancías (muchas de las cuales los españoles no habían visto u oído en su vida). Cortés escribe que hay una plaza de entre todas las plazoletas de la ciudad que es enorme, dos o tres veces la de Salamanca. Ella estaba rodeada de portones, donde se juntaban alrededor de 60 mil personas comprando y vendiendo mercancías.
Rescata Hernán Cortés los comerciantes dedicados al mantenimiento de vestidos, la venta de todo tipo de joyas, materiales de construcción y materias primas. Describe calles enteras donde se vendían “todos los linajes de aves que hay sobre la tierra” y otras calles de herbolarios y casas de boticarios, en las cuales se conseguían medicinas, ungüentos y emplastos. Entre las diferentes casas, también estaban las que “lavan y rapan las cabezas”, las barberías, y hasta las que “dan de comer y beber por precio”, los restaurantes. Sorprende también la venta de los vegetales, frutas, pinturas, sedas, cerámicas, destilados y alcoholes, pero sobre todo la comida callejera, desde ese entonces rebosante de antojos de todo tipo, entre ellos: “tortillas de huevo”, pan, así como “pasteles de aves y empanadas de pescado”. Todo ello con perfecto orden, en vigilancia de doce jueces que deciden casos complicados y personas que van entre la gente viendo las mercancías y las medidas con las que se vende.

En todo ello, vemos que el mercado ha estado en México desde hace mucho tiempo, tan igual como siempre. Aunque hay que decir que los españoles trajeron su propio modelo de mercado. Ya para la colonia era una mezcla de ambos, de entre los cuales destacaba el del Zócalo capitalino, la conocida como “Plaza Mayor”. Frente a la catedral se ubicaban tres mercados diferentes, dentro de los cuales se conseguían víveres (los puestos de indios), manufacturas artesanales (el llamado “Baratillo”) y el mercado de productos traídos de ultramar.
En general, los mercados dominaban el espectro de la compra y venta en el centro de México, dígase en las grandes ciudades. Junto a ellos, las haciendas y ranchos, ubicados cerca de las minas, también tenían un importante rol en surtir víveres y mercancías a la población. De hecho, estos establecimientos fueron los originarios de las ferias comerciales y mercados locales. Para conectar ambos mundos (el norte y sur con el centro de México), se establecían varias rutas comerciales internas. Se encontraba, por un lado, el Camino Real de la Plata que unía a Santa Fe (hoy una ciudad de Nuevo México, Estados Unidos) con Zacatecas, San Luis Potosí, Guanajuato, Querétaro y la Ciudad de México. Ya otras ciudades relevantes desde ese tiempo era Guadalajara, Oaxaca, Morelia y Mérida. Entre todas ellas, rutas comerciales en las que se llevaban miles de toneladas de “alimentos, ropas, calzado, productos de maguey, yerbas olorosas y especias, productos tropicales, herramientas, objetos suntuarios, libros, medicinas, cobre, cueros, sal, azogue, plomo, equipo minero, enseres domésticos, artículos para la limpieza, implementos agrícolas, entre los productos más importantes se encontraban el maíz, trigo, fríjol y forraje”.
Lo que todo este preámbulo tiene en común son las rutas y lugares que encontraba el comercio para asentarse y expandirse en el territorio. En ello, la moneda colonial prosperaba e iba de un lugar a otro, siendo intercambiada por mercancía. En plata, el real tuvo las denominaciones de ¼, ½, 1, 2, 4 y 8 reales. Otro tipo de monedas fraccionarias, como los tlacos y las fichas también ayudaban a hacer transacciones más chicas en comercios locales.

Una curiosidad, no fácil de investigar, son los precios que existían en la época colonial y qué se podía comprar con unos cuantos reales. Estudiosos como Enriqueta Quiroz o Jorge Olvera Ramos nos legan grandes estudios sobre el tema del comercio y los precios. Y es que, durante la colonia, la carne pasó a ser la base alimentaria de la población. Una de las causas es su relativo bajo precio. Alrededor de 2.4 kilos de carne de res podían comprarse por un real, en comparación de los 1.4 kilos de pan que podían comprarse por el mismo precio.
El carnero, por otro lado, era un poco más caro, pues un kilo tenía que ser pagado con un real. Todo esto hablando de una época entre 1790 y 1800. Por otro lado, el jamón, chorizo y manteca, eran mucho más caros (aunque también productos muy comprados). Por unos 5 reales se podía comprar casi dos kilos de estos productos, lo que equivale a 800 gramos por un real. Ya vimos que en lo que se trata de carne, mejor decantarse por la res si se era un ciudadano de la Nueva España.
Ahora, consideremos lo siguiente: para conocer si el costo de vida era caro, hay que conocer los sueldos de las personas. A los peones del ramo de la construcción (el puesto peor pagado, al ser un trabajador no especializado) se les pagaban 3 reales al día en 1770, a los oficiales 5 reales y al sobrestante (o capataz) 6 reales. Quiero decir que, en un mes de 22 días laborales (lo de hoy en día), un peón podía ganar 66 reales. Tomando en cuenta que la carne de res (2 kilos y medio) costaba un real y que la recomendación de consumo por persona es de 450 gramos a la semana, bien se podía alimentar por un real el consumo de carne de 5 personas. Y aún restaban 65 monedas de plata.

Ya para cerrar, otros precios relevantes son los siguientes: el maíz costaba alrededor de 4.6 kilos el real (lo que equivale a 164 tortillas), es decir que el kilo de maíz se encontraba en ¼ de real, es decir, alrededor de 0.25 reales. Con un real, también se podía comprar 2 kilos de trigo (en 1802).
Todo esto resulta muy interesante si lo comparamos con la actualidad. Tomando en cuenta que un salario promedio en México, de profesionista (es decir, con escolaridad alta), es de 8,200 pesos al mes (con datos de la Secretaría de Economía) y que actualmente el costo de 5 kilos de maíz ronda los 200 pesos y 2.4 kilos de carne los 400 pesos, un sueldo de 66 reales de un peón tendría mucho más poder adquisitivo que el de un profesionista hoy en día. De hecho, los 66 reales (en poder adquisitivo de alimentos básicos) equivaldrían alrededor de 13,000 pesos mexicanos. En otras palabras, el porcentaje que gasta en comida de su sueldo es mucho menor que el de un profesionista hoy en día.
Entonces, cabría preguntarnos qué tan malas eran las condiciones para los asalariados durante la Colonia y cuánto se diferencian las condiciones económicas y monetarias con aquel entonces. Sin lugar a dudas, lo que sabemos es que las monedas nos transportan a realidades fabulosas, desde los mercados del siglo XVI y hasta el comercio en durante el Virreinato. Recuerda que el blog de Cenumex está abierto a preguntas y sugerencias. El blog es un espacio para la comunidad numismática. Así que, si te surge alguna duda, una aclaración o un comentario, no dudes en contactarnos.
Bibliografía
Cortés, H. (1520). Cartas de relación (A. Delgado Gómez, Ed.). Castalia.
Olvera Ramos, J. (2007). Los mercados de la Plaza Mayor en la ciudad de México. Ediciones Cal y Arena.
Quiroz, E. (2005). Entre el lujo y la subsistencia: mercado, abastecimiento y precios de la carne en la ciudad de México 1750-1812. Colegio de México.
Román Gutiérrez, J. F. (1998). El Camino Real de la Plata, mito y realidad. México en el tiempo, 4(27), 10-18.
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